16.12.2019

Mi alegría es extender la mano y ayudar

de Hna. M. Marcia Carmo Silva

Tres décadas de dedicación a la catequesis
y al trabajo social en Londrina
/Paraná

La Hna. M. Luciana de Almeida coordina cursos de catequesis hace más de 30 años. Su corazón misionero va más allá de los salones de clase. Ella va al encuentro de los niños que juegan en las calles y los invita a conocer a Jesús. Con eso surgen los proyectos sociales: “Vi a los niños en las calles y a las personas enojadas por sus pequeños robos. Entonces pedí ayuda y comencé con un proyecto social, mediante el cual los niños estaban ocupados durante el tiempo en que no estaban en la escuela. Así, con el tiempo, fueron dejando de robar.”

La catequesis y el trabajo social siempre caminan juntos

Actualmente la Hna. M. Luciana está muy cerca de los necesitados como responsable de la catequesis en la catedral de Londrina/Paraná, y por la gestión de un centro de educación infantil. “Muchas veces los niños llegan sin nada y, al poco tiempo crece espiritualmente, recibe el sacramento de la Eucaristía, de la confirmación. Todo eso es una alegría que no tiene precio.” Ella cuenta también: “El año pasado hicimos un ‘té del bebé’ para Jesús, con los niños de la catequesis y recaudamos muchas cosas como ropa, juegos, pañales… para ayudar a las madres carenciadas.”

Una misionera en la prisión

Durante muchos años, la Hna. M. Luciana evangelizó en la prisión en Atibaia/San Pablo, con la visita de la Virgen Peregrina. Conquistó la confianza de los presos y dedicó mucho tiempo para oirlos, aconsejarlos y ayudarlos en sus necesidades: “Los sábados yo pasaba todo el día atendiendo a los presos. Realizamos sus casamientos, bautismos, primera comunión y confirmación. Yo también visitaba a sus familias y las ayudaba en sus necesidades. Muchas veces llevé a los niños a la prisión para que visitaran a sus padres allí”, dice la Hna. M. Luciana.

Le enseñaba a los presos la importancia de ocuparse con trabajos manuales y ofrecer a Dios sus sacrificios. Ella cuenta: “Cierta vez, durante la Cuaresma, ellos mismos tomaron la iniciativa de dar una parte de la comida que recibían para el almuerzo, a los necesitados de la comunidad. En el Adviento juntaron los dulces que recibieron de sus familiares y me pidieron que se los entregara a los niños carenciados.”

Dios no abandona a sus hijos

La Hna. M. Luciana recuerda que muchas veces experimentó la actuación de la Divina Providencia, pues aun sin tener nada, siempre pudo ayudar a los que le pedían. Ella relata:

“Una vez yo estaba entregando canastas con alimentos, pero se acabaron cuando todavía había unas 15 familias que aún no habían recibido nada. Antes que yo dijera algo, llegó un camión con una donación de ‘canastas básicas’ y pude ayudar a todos.”

“Una vez, en la víspera de Navidad, recibí R$50,00 y fui al mercado a comprar algunas cosas para la cena de Navidad, para la familia de alguien que acababa de salir de prisión. Tomé muchos productos que costarían más del dinero que yo tenía. Pero cuando pasamos los productos por el control de la caja, dio exactamente R$50,00. La empleada se admiró y pensó que se había equivocado, pues eran muchos productos. Ella llamó al gerente, pasó de nuevo toda la compra y dio el mismo valor. Cuando les conté que se trataba de productos para una donación, se quedaron sin palabras. Dios no abandona a sus hijos.”

La presencia de María en el mundo

“Nuestra mayor acción debe ser irradiar la presencia de María en el medio del mundo” afirma la Hna. M. Luciana, quien se decidió a ser Hermana de María de Schoenstatt, con el deseo de actuar en regiones misioneras. Ella realiza su misión con los niños, en la catequesis y la guardería, en una tarea que une el trabajo social y la espiritualidad. Para ella, extender la mano a quien lo necesita es más que un gesto de caridad, se trata de una misión que la colma de alegría, pues “ver a la persona crecer y restablecerse es algo que no tiene precio”, finaliza la Hermana.

En todos los lugares ser siempre María

La Hna. M. Luciana revela que siempre usó el traje de Hermana en sus visitas, sea que fuera a la prisión o a la favela, o donde fuera. Ella cuenta: “Ya estuve en los lugares con el ambiente más degradante que se pueda imaginar, pero nunca me faltaron el respeto. Muchas veces entré en las favelas, con traficantes armados, les informé que iba a visitar la familia de un preso y ellos me dejaban pasar! Todo eso gracias a nuestro vestido de Hermanas, pues es un testimonio e irradia una atmósfera de paz.”