17.04.2019

El don del sufrimiento

de Hna. M. Jennifer Carlson, Schönstatt, Deutschland

Quizás pienses: ¿el don del sufrimiento? ¿qué significa eso? Los dones y regalos en general son algo que valoramos, algo que deseamos o aceptamos con gusto. Ninguna de estas descripciones acierta con lo que significa el sufrimiento. Si uno piensa solamente en el sufrimiento que todos alguna vez experimentamos:  desilusiones, desencuentros en la familia, dolores corporales o emocionales, sentimientos de culpa, desconcierto … ¿Cómo tales cosas pueden ser dones?

El valor redentor del sufrimiento

El tiempo de cuaresma nos ofrece muchas posibilidades para recordar el valor redentor del sufrimiento. La Hermana M. Emilie Engel, una de las primeras Hermanas de nuestra comunidad, hizo una experiencia maravillosa en este sentido. Como niña y joven sufrió estados de ansiedad, y siendo Hermana padeció una enfermedad que la fue paralizando. Ella formuló los pensamientos siguientes:

“El camino a la resurrección y a la transfiguración pasa solamente por el Gólgota. Eso es ley desde el pecado original en el Reino de Dios. Lo vemos confirmado en la vida de todos los santos y hombres grandes, en la vida de todas las comunidades religiosas. Y cuanto mayor la tarea planteada por Dios a ellos, tanto más fueron signados por la cruz y tuvieron que seguir las huellas del Redentor del mundo. Por eso, veamos el sufrimiento – cual sea – a la luz de la transfiguración, no como una carga que oprime sino como prenda de amor y de fecundidad, como signo de triunfo y victoria.” (Emilie Engel, Frases para cada día, día 19)

El sufrimiento como una promesa de amor

Estas palabras están repletas de significado. Como alguien que tuvo que llevar la carga de muchas cruces, ella nos anima a ver nuestro sufrimiento “como una promesa de amor … una señal de victoria”. Sabía lo que es estar luchando, tratando de hacer lo correcto. Ella sentía sus debilidades y límites muy de cerca, igual que nosotros. Pero por su consagración a la Madre tres veces admirable de Schoenstatt y gracias a la conducción del Padre Kentenich, se animó a creer: el amor y la misericordia de Dios son siempre más grandes que el sufrimiento.

Su confianza en Dios creció tanto que incluso llegó a considerar el sufrimiento como un regalo que anhelaba apasionadamente. En el punto culminante de su vida, rezó: “Por favor, querido Padre, envíame la medida de amor y de sufrimiento que hayas previsto para tu hija.”

Dejarse guiar por la gracia de Dios

Un breve párrafo de su biografía dice:
“Emilie se deja guiar y conducir por la gracia de Dios siguiendo incondicionalmente sus caminos. En junio de 1940 se cumplen trece años de su primera consagración. Como cada año, se prepara para renovar su entrega, no retira nada, al contrario, incluye lo que le resulta especialmente difícil. Ella está dispuesta a no solo aceptar el sufrimiento, agradecerlo, sino que, como expresión de un amor mayor, incluso arriesga el pedido expreso por el sufrimiento, por aquello que más la oprime, por la cruz de su falta de libertad interior y de sus aflicciones. Mediante este “sí” magnánimo al Padre Celestial, crece más allá de sí misma y en la libertad de los hijos de Dios. 

Le agrega a la oración de consagración el complemento actual: ‘Movida por el profundo anhelo filial de hacer lo que a ti te dé mayor alegría, te regalo hoy, además de la disponibilidad, el pedido entrañable: Padre, si está en tus planes, envíame todo el sufrimiento que en tu amor hayas previsto para mí; si quieres, déjame la cruz de mi falta de libertad interior y de mis aflicciones hasta mi muerte, hasta que tu hija enferma regrese a ti en eterna libertad y gozo. Amén.’

En octubre de 1940 repite esta consagración. En otra oración complementaria expresa la actitud interior que en lo sucesivo marcará su vida y obrar. Hace una enumeración detallada de cuanto le supone un gran sufrimiento y agrega luego: ¡Sí, amén! ¡Padre, te lo pido!” (M. Wolff, Mi sí es para siempre).

¿Cuál es el secreto?

Quizás tú piensas: “Pero… la Hermana M. Emilie está en camino a la santidad. Yo apenas puedo sonreír cuando tengo un sufrimiento, ¡ni qué hablar de pedirlo!” Aun cuando nosotras quizás todavía no podemos ser canonizadas, sin embargo estamos invitadas a aprender que el dolor puede ser un regalo.

¿Cuál es el secreto? ¿Cómo alcanzó la Hermana M. Emilie este grado de santidad? Solo mediante una vinculación de amor profundo a Dios. Poco a poco se fue entregando al amor de Dios, siendo atraída hondamente por su misericordia. Sus pecados y sus debilidades no eran obstáculos para el amor de Dios sino la llave para él. Se dio cuenta de que cuando Dios permitía el sufrimiento, entonces era cuando ella más dispuesta estaba a confiar en Él y entregarse a la voluntad de Dios. Por eso rezó pidiendo que, si correspondía a la voluntad de Dios, Él le enviara sufrimientos para estar ella lo más cerca posible del corazón de Dios.

El anhelo por el sufrimiento no es algo que aprendamos de un momento a otro. Pero lo que podemos hacer es estar abiertos para ver nuestro sufrimiento en otra luz. En este santo tiempo de cuaresma pidámosle a la Hermana M. Emilie que nos ayude a valorar el sufrimiento en nuestra vida como un regalo precioso, ¡como un regalo del amor misericordioso del Padre!

Oración

Querida Hermana M. Emilie: ayúdame a creer firmemente en el amor que Dios me tiene a mí, personalmente. Cuando la cruz y el sufrimiento cruzan mi camino, ayúdame a ver detrás de ello la voluntad del Padre y a aprovechar este sufrimiento grande para estar más cerca de Dios. Quiero aprender a confiar en Dios como su hijo, como lo hiciste tú, con confianza ilimitada y amor filial. Amén.

Oración por la canonización de la Hna. M. Emilie Engel

Dios, Padre nuestro, la Hna. M. Emilie recorrió el camino de su vida confiando filialmente en tu providencia sabia y bondadosa. Aun en medio de sufrimientos e inseguridades pronunció su ‘sí, Padre’ a tus deseos y voluntad. Así llegó a saberse y a vivir profundamente cobijada en tu corazón de Padre. Así se liberó de sus temores, angustias y aflicciones interiores. Tú demostraste poderosamente tu amor y misericordia en su vida.

Te pido por su canonización para alabanza de tu gloria, para gloria de la Madre y Reina tres veces admirable de Schoenstatt y para bendición de los hombres. Escucha mi súplica, que te presento por su intercesión, en la medida y en el modo en que corresponda a tu sabia providencia. Amén.