12.03.2019

La hermosura de la veracidad

de Hermana M. Faustina Yank Waukesha, Wisconsin, USA

Foto: Danielle MacInnes, Unsplash

“¿Conoces aquella tierra, la ciudad de Dios …
donde la veracidad domina?”
J. Kentenich, Cántico al Terruño

Un impulso para la decisión vocacional

En nuestro tiempo, en el que predomina en todas partes el relativismo, a veces nos sumamos a la pregunta famosa de Poncio Pilato: “¿Qué es la verdad?” Jesús mismo nos ha dado la respuesta: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6). Cuando nos encontramos con Jesús, descubrimos la verdad acerca de quiénes somos, por quién hemos sido llamados a ser. Cada una de nosotras es una hija elegida de Dios, llamada a amar porque Él nos ha amado.

Es importante reconocer esta verdad: todas estamos llamadas a ser hijas de Dios. Del mismo modo es verdad que cada una de nosotras tiene una vocación determinada a la que nos ha llamado Dios. Solo si aceptamos nuestra vocación dada por Dios podemos ser totalmente aquello para lo que fuimos creadas; solo entonces podemos ser verdaderamente nosotras mismas.

Para aquellas que buscan la vocación de su vida, se plantea la pregunta: ¿en qué vocación puedo serme fiel a mí misma? Para contestar esta pregunta debes hacer un viaje a tu corazón. Debes contemplar tus talentos, tus capacidades, tus anhelos y, al mismo tiempo, enfrentarte a tus debilidades, tus malas costumbres, aquello que suscita lo negativo en ti. Entonces puedes preguntarle a tu Padre Celestial: “¿En dónde puedo aplicar los talentos, la estructura que me has dado para darte la mayor gloria? ¿En dónde puedo servirte de la mejor manera? ¿En qué vocación podré dar todo hasta el último suspiro de mi vida? ¿En qué vocación seré libre para ser yo, tal como me has creado, con todas mis capacidades y mis límites, mis fortalezas y debilidades?”

Él nos dará una respuesta cuando la busquemos con sinceridad y la pidamos en serio. Pero primero debemos procurar ya ahora ser muy sinceras, sinceras con nosotras mismas, con lo que somos aquí y ahora como hijas de Dios.

Foto: Ben White, Unsplash

¿Qué significa ser verdaderamente auténticas, que nos seamos totalmente fieles? En definitiva, ser auténticas significa ser niñas. Los niños son absolutamente auténticos. No han descubierto aún ni se han puesto las muchas máscaras que los jóvenes y adultos llevan permanentemente. No necesitan estas máscaras porque están absolutamente seguros en lo que son. Saben que son amados por sus padres, y porque sus padres los aman así como son, con todas sus pequeñas faltas y debilidades, como también con su bondad natural, ¿por qué entonces procurarían ser alguien que no son?

Cuando los jóvenes crecen, especialmente nosotras las mujeres, tienen el gran deseo de agradar a todos. Este deseo en sí mismo no es equivocado. Pero si cedemos a este deseo de forma exagerada, debemos ponernos una máscara atrás de la otra hasta que nosotras mismas y nuestro entorno no saben más quiénes somos realmente.

En nuestra aspiración por ser hijas auténticas, debemos preguntarnos: “¿Quién soy realmente?” ¿Tenemos miedo de ver claramente esta verdad? Cuando miramos a los ojos de nuestra Madre y Reina en el santuario reconocemos la verdad de lo que realmente somos: hijas amados de Dios y de nuestra Madre. Ellos nos aman así como somos: con nuestros pecados, con nuestra pequeñez, con nuestras debilidades, con nuestros fracasos, con nuestras malas costumbres, pero también con nuestras buenas cualidades, nuestras fortalezas, nuestras virtudes. Reconocer que somos amadas incondicionalmente nos ayudará a ver la hermosa verdad: somos hijas de Dios.

Nuestro fundador, el Padre Kentenich, habló muchas veces del árbol de la grandeza femenina cuando explicaba nuestra dignidad como mujeres. La raíz de este árbol es la filialidad. Esto significa que la raíz de nuestra dignidad como mujer, la raíz de nuestra grandeza como mujer, depende de nuestra vinculación filial a Dios. Así como las raíces grandes y ocultas de un árbol, así nuestra filialidad no es visible para el mundo y sin embargo debe ser profunda y sincera. Solo si somos en primer lugar pequeñas hijas de Dios tendremos la fuerza para permanecer fieles a nuestra vocación como mujeres y madres.

La hermosura de la filialidad es una de las verdades fundamentales en nuestra Familia de Hermanas. Como Hermanas de María de Schoenstatt aspiramos, como María, a ser hijas ante Dios, nuestro Padre Celestial. Solo así podemos realizar nuestra vocación como madres espirituales y poner nuestra vida al servicio de otros.

Foto: J. M. Neuenhofer

Solo debemos mirar en el espejo de la vida de María para darnos cuenta lo que significa ser hijos ante Dios. Ella nos muestra que el misterio de la filialidad consiste en descubrir a Dios Padre detrás de cada acontecimiento y cada persona en nuestra vida y dar un sí, aun cuando sea difícil de entender. El misterio de la filialidad consiste en girar totalmente en torno al Padre, concentrarse en Él, no en uno mismo. Y mostrarle nuestra pequeñez y debilidad a nuestro Padre que nos ama. Eso es la belleza de la filialidad.

Si las raíces de la filialidad son profundas, entonces crece también un tronco fuerte: la maternidad. Así como corresponde a nuestra naturaleza ser niña, también es parte de nuestra naturaleza femenina ser madre, sea sola, casada o consagrada. En toda mujer hay algo que impulsa a servir, a darnos, y mientras que no lo hagamos completamente, no podemos ser totalmente felices.

Finalmente la corona del árbol de la grandeza femenina es la visión intuitiva de la verdad. Esto significa que, si vivimos realmente como hijas de Dios y aspiramos a ser auténticas madres, viviremos instintivamente basadas en estas verdades. No serán algo que está puesto como una máscara sino brotan de nuestra esencia más íntima y se manifiestan en nuestras acciones y palabras. Intuitiva significa: que viene sin reflexionar, espontáneamente, casi instintivamente. Si realmente somos hijas de Dios, si aspiramos a ser verdaderas madres, entonces debería ser una parte de nosotras que no debamos reflexionar cómo actuar como hijas y madres; simplemente lo haremos.

Naturalmente, para alcanzar este ideal debemos entrenarnos, vivir basadas en él. Al comienzo tendremos que preguntarnos muchas veces, en cada situación: ¿cómo se comportaría un hijo de Dios en este caso? Mis valores, ¿se corresponden con la realidad de que soy un hijo de Dios? Si verdaderamente somos hijas de Dios Padre, esto debe ser nuestro bien supremo. Él debe ser todo para nosotras. Cuanto más aprendamos a vivir de esta verdad, tanto más realizaremos nuestra vocación original como hijas de Dios, así como Él lo ha planeado para nosotras.