21.10.2018

Su puerta está siempre abierta

de Hermana Christina-Maria Greiner

“Padre Kentenich, ¿quién eres?”

Esta pregunta lleva a muchas personas a buscar las huellas del fundador de Schoenstatt. El misterio de su persona y de su misión, su carisma paterno y su pedagogía empática invitan a un encuentro personal con él. Hoy como ayer este camino conduce a muchos a la “Casa de Formación” en el Monte Schönstatt.

La casa del Padre

El Padre Kentenich pasó los últimos tres años de su vida en Schoenstatt, en esta Casa de Formación. Desde aquí dirigió su fundación, que se ha extendido ampliamente a nivel internacional. Aun contando ya con más de 80 años de edad, desplegó una actividad muy intensa. Casi sin interrupción recibía visitas, dictaba y escribía cartas, preparaba discursos, escuchaba confesiones y dictaba conferencias. Un visitante le preguntó si acaso le quedaba tiempo para rezar, a lo que el Padre Kentenich contestó: “Adoro permanentemente a nuestro Señor en el corazón de aquellos que vienen a verme.” Quien se encontraba con él tenía la impresión de que venía de un encuentro directo con Dios, tan pacífica y arraigada en Dios era su irradiación. Y a quien se confiaba a él, lo hacía partícipe de su profunda relación con la Virgen María y la Santísima Trinidad, a quien se podía vivenciar en su persona de una manera muy cordial y humana.

Un lugar de encuentro con el Padre

Para toda la Familia de Schoenstatt, la Casa de Formación se convirtió en una “casa del Padre”, un lugar de encuentro con el Padre Kentenich a quien vivenciaron como padre. Y trascendiendo ampliamente las fronteras de Schoenstatt, muchas personas lo visitaron aquí: familias, estudiantes, sacerdotes y obispos, jóvenes y adultos. Buscaban su consejo o le encomendaban sus inquietudes. Y el Padre Kentenich le brindaba su interés benevolente a todos los que acudían a él. En él, ellos tenían un padre que los aceptara y comprendiera, acogiendo atentamente sus inquietudes aunque estas parecieran no ser tan importantes. Él hacía suyas sus preocupaciones, se alegraba y también podía reír de corazón con ellos.

Un profesor chileno cuenta sobre su encuentro con el Padre Kentenich:

“En primer lugar, él era ejemplo de verdadera humanidad, también desde un punto de vista meramente natural. (…) Cuando en 1966 estaba yo, impaciente y con expectativa, aguardando junto con P. H. en un recibidor durante algunos minutos a que alguien nos condujera al Padre, vino él mismo para mi sorpresa. Se nos acercó sonriente y con manos extendidas, saludándonos cordialmente. Él era toda paternidad. Junto a él, uno se sentía profundamente cobijado. Pensé que sería una visita breve ya que él tendría que estar cansado al cabo de un día de mucho trabajo con tareas tan diversas y de tanta responsabilidad. Sin embargo fue un encuentro mucho más largo que lo planeado … Antes de despedirnos fue a su habitación y nos trajo de allí regalos. Algunos rosarios – “esto es para el alma” – y diciendo: “Esto es para el cuerpo”, una botella de vino. Luego sacamos fotos y después él nos acompañó hasta la puerta y se quedó allí moviendo la mano en señal de despedida por un largo rato.”

Él no se ha ido

El 15 de septiembre de 1968 el Padre Eterno llamó al Fundador de Schoenstatt a la eternidad. Después de celebrar la santa Misa en la Iglesia de la Adoración en el Monte Schoenstatt, que había sido recientemente inaugurada, el Padre Kentenich falleció en la sacristía. Pero ya en los momentos que siguieron a su muerte, cuando innumerables visitantes se acercaron a su sarcófago, la experiencia de ellos fue: “Él no se ha ido”. Desde el cielo sigue conduciendo a su Familia de Schoenstatt. Sigue siendo el padre de muchos pueblos y naciones que hoy se vuelven a él con sus intenciones y él los bendice desde el cielo. Quien busca un encuentro con él puede vivenciarlo de una manera nueva, sobrenatural – no en último término en la “casa del Padre”. En los lugares donde él estuvo y obró, se sigue percibiendo su espíritu y su cercanía: su vivienda, la capilla de la casa, el jardín, la famosa plaza bajo su ventana desde la cual solía sorprender a muchos con golosinas y su bendición, el santuario de Schoenstatt junto a la casa y otros lugares, que invitan a encontrarse con el Padre Kentenich. Visitas que vienen por el día, grupos de peregrinos, huéspedes que se quedan a pernoctar y miembros del Movimiento de Schoenstatt lo visitan allí, de tal modo que se puede decir que él hoy tiene tanto que hacer como en los días en que estaba entre nosotros en esta tierra. Él está allí para todos los que buscan un encuentro con él.

“Padre Kentenich, ¿quién eres?” El mismo fundador de Schoenstatt invita a un encuentro con él en la “casa del Padre”.

Su puerta está abierta, hoy como ayer.